Mejorando nuestras competencias emocionales y sociales

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Mejorando nuestras competencias emocionales y sociales (ver artículo)

Revista Empresarial – Arequipa, Sección Talento Humano, Fecha 09-2013

Por Inés Temple, Presidente de LHH-DBM Perú y Chile. 

Imagina esta situación: luego de un largo proceso de selección, llegas a la entrevista con quien sería tu nuevo jefe. La conversación empieza y, de pronto, sientes que las cosas no fluyen. La conversación es tensa y no te sientes cómodo. Y ahí te das cuenta, casi como una premonición: él no va a seleccionarte.

¿Qué falló? La química. Cada día, nuestras relaciones con otras personas están marcadas por nuestra disposición a mantener o no un vínculo con ellas. A casi instintivamente decidir confiar en ellas o a no hacerlo. En nuestra vida privada, esa “química” hace que decidamos o no ser amigos de alguien… pero ¿te has puesto a pensar en cómo la química interviene en tu vida laboral?

No se trata de qué tan competente seas, sino de la percepción que la otra persona se forma de ti, de tu forma de trabajar, y de cómo imagina que funcionarías en su entorno. ¿Querrías trabajar con alguien que te pareciera pesado? ¿Incorporarías en tu negocio a una persona que te parece desagradable? ¿Estarías dispuesto a pasar muchas horas del día con una persona que no te cae bien, o con quien no tienes nada en común que te permita desarrollar un “vinculo” por pequeño que este sea? ¡Definitivamente no!

Hoy más que nunca, desarrollar habilidades emocionales y sociales, esas capacidades para generar empatía con tu entorno, es casi tan importante como la experiencia laboral. Y es que para ser empleables hay que trabajar en paralelo los planos laboral y social. Este último plano supone saber relacionarse con los demás, trabajar en equipo, ser asertivo, maduro, agradable y tener capacidad de resolución de los conflictos interpersonales.

Cuando en LHH-DBM apoyamos los procesos de fusión de empresas, desde el primer día intuimos qué ejecutivos van a tener conflictos en la nueva organización. Son los que consciente o inconscientemente se oponen a todo lo relacionado con el cambio y la fusión. Los que se ponen a la defensiva cuando se les pregunta acerca de su gestión o la de su equipo. Los que hablan mal del trabajo de los otros, quienes se incomodan o molestan con los que hacen buenas migas con los de la otra empresa. Son los que promueven conflictos, aunque muchas veces lo hacen sin darse cuenta o sin una mala intención real. Y como muchas veces no son conscientes de su propia actitud, ésta termina saboteando no solo la integración de los equipos de las empresas sino, fundamentalmente, sus propias carreras.

Hoy todos tenemos claro que uno de los mayores riesgos para nuestras carreras es la rigidez, la arrogancia, la poca flexibilidad y el temor al cambio, porque las empresas necesitan personas dispuestas a apoyar los cambios y a aprender y actuar con sencillez,  capaces de ver la oportunidad y no solo la amenaza. Pero ¿qué pasa cuando no te das cuenta de que eres una de esas personas porque no has desarrollado tus habilidades emocionales o sociales?

Veámoslo más claramente: el conocimiento técnico está al alcance de todos y tácitamente se espera que, por ejemplo, el analista financiero de una empresa sepa mucho de finanzas. Con seguridad, entre todos los candidatos son similar formación, experiencia e intelecto, la diferencia la hará aquello que es menos tangible o competencias blandas: su actitud, su carisma, su energía y pasión, su entusiasmo por cambios y retos, sus valores, hábitos y costumbres, así como su capacidad para entender y manejarse bien socialmente.

Entonces, más allá del intelecto o los conocimientos técnicos, gerenciales o especializados, el mercado laboral valora cada vez más las competencias emocionales y sociales, la capacidad de integrarse, trabajar en equipo, comprometerse con la empresa, apasionarse por los proyectos, ir más allá de lo que nos piden, ser asertivos y, sobre todo, ser muy flexibles.

Bueno, y no está más decir que esa imagen interior que queremos proyectar no será coherente si no va acompañada de una imagen externa que refuerce lo que queremos que otros piensen sobre nosotros y cómo representamos a quienes nos emplean: la apariencia, la actitud, la sobria elegancia y la expresión corporal son y serán siempre fundamentales. Son puntos que nunca debemos descuidar.

Gestionemos nuestras carreras nuestras marcas personales con una visión estratégica. Más allá del conocimiento e intelecto, del prestigio de la universidad donde hayamos estudiado, el mercado hoy demanda y espera esas nuevas competencias. La proactividad, la colaboración y la empatía, la actitud de servicio o el ir más allá de las responsabilidades puntuales, te darán más competitividad y, por ende, serás más empleable, con toda seguridad.