Por: Ines Temple Presidente de LHH Perú y LHH Chile
Publicado en Diario Gestión el 26/08/2026
Una desvinculación no termina cuando se comunica la decisión: también pone a prueba los valores de una organización y la capacidad de sus líderes para actuar con humanidad y firmeza.
Después de más de 30 años hablando de cómo despedir bien, todavía me cuesta entender que sigamos haciéndolo tan mal.
Continuamente las redes nos muestran historias de terror: personas que descubren que fueron despedidas porque su acceso al sistema dejó de funcionar; reuniones virtuales de pocos minutos; jefes leyendo un guion sin mirar a los ojos; personas acompañadas a recoger sus cosas como si hubieran cometido una falta grave.
Despedir nunca será fácil. Pero que sea difícil no justifica hacerlo mal. Una desvinculación no es solo un acto administrativo o legal. Estamos interviniendo en la vida de una persona, en su autoestima, su seguridad y muchas veces, también en la de su familia. Por eso, el primer principio debería ser simple: podemos terminar una relación laboral, pero no tenemos derecho a disminuir a la persona que se va.
Y un buen despido empieza mucho antes del día de la salida. Si alguien descubre recién entonces que su desempeño llevaba meses sin cumplir las expectativas, falló el liderazgo. El feedback oportuno, las conversaciones difíciles, las expectativas claras y las oportunidades reales de mejorar deben darse antes.
Cuando toca comunicar la decisión, hay errores que debemos evitar:
- No improvisemos. Preparemos qué diremos, cómo, cuándo y quién lo hará.
- No deleguemos lo indelegable. El jefe directo debe dar la cara. Recursos Humanos puede acompañar, no reemplazarlo.
- No humillemos ni etiquetemos. Decir “no das la talla” o “eres un low performer” puede acompañar a alguien mucho después de dejar la empresa. No convirtamos una decisión empresarial en un juicio sobre el valor de una persona.
- No discutamos ni hagamos un inventario de defectos. Ese no es el momento de ganar una discusión ni justificar excesivamente una decisión ya tomada.
- No mintamos ni seamos ambiguos. Se puede ser empático y muy claro a la vez. La humanidad no está reñida con la firmeza.
- No tratemos a quien sale como una amenaza. Salvo situaciones que realmente lo justifiquen, quitar accesos abruptamente, vigilar cómo recoge sus cosas o impedirle despedirse es innecesariamente cruel.
Y, sobre todo, no jerarquicemos el dolor. Un joven puede vivir su primer despido con enorme angustia y sentir cuestionado su valor profesional. Un gerente o alto ejecutivo puede sufrirlo tanto o más: además del trabajo, puede sentir que pierde identidad, estatus o reputación. Y quien ocupa un puesto menos visible merece exactamente el mismo respeto y cuidado.