¡Para lo que me pagan!

Publicado el 22/06/2018 en América Economía (Latam)

La tercera versión de la Encuesta de Empleabilidad elaborada por LHH DBM Perú en 2017, y aplicada a 2.499 ejecutivos y profesionales de todo nivel y tipo de sector económico en nuestro país, precisa un dato interesante: que si bien el 30% de los ejecutivos y profesionales se siente muy contento en su cargo actual y el 49% se siente contento, el 21% de la muestra manifiesta no estarlo para nada.

Esa data me trae a la memoria una experiencia en el aeropuerto hace algunos años. La cola para pagar el impuesto de salida era enorme y yo estaba desesperada porque mi vuelo partía pronto y delante de mí había unos 20 viajeros y turistas igual o más angustiados que yo por esta cola que no avanzaba. Me acerqué a la ventanilla para ver qué causaba la demora, y vi que el cajero estaba conversando alegremente con dos de sus colegas, y, por lo tanto, trabajando muy lentamente.

Les pregunté amablemente si podrían abrir la otra ventanilla porque éramos muchos en la cola, y todos apurados por alcanzar nuestros vuelos. Nunca olvidaré lo que me dijo uno de ellos: “Estamos en descanso, señora, tienen que esperar nomás con paciencia”. Y el cajero me miró a la cara y me respondió con indiferencia: “¿Apurarme, señora? ¿Para qué? Para lo que me pagan…”

Regresé cabizbaja y sin esperanza a mi lugar en la cola. Si alguien trabajaba única y exclusivamente por dinero y, además, se siente mal compensado, no existe ninguna razón ni aliciente alguno para trabajar mejor o querer dar un buen servicio.

Sé que muchos de ustedes pensarán: “Pero yo también trabajo por dinero”. Sin embargo, las estadísticas señalan que son tres o cuatro las razones más importantes por las que trabajamos mejor y más contentos, y que estas, para muchos, son incluso más motivadoras que el dinero. Estas razones están vinculadas con la oportunidad de crecimiento y desarrollo profesional, con el reconocimiento, con la posibilidad de aprender cosas nuevas y, sobre todo, con la oportunidad de sentirse apreciado en una organización. Todo esto, como sabemos, se conoce como salario emocional -retribución no económica-, concepto que introdujimos en el país hace ya casi 20 años. Claramente, el salario emocional no es lo único que nos motiva o compromete ni tampoco estoy diciendo que el dinero no sea importante. Lo es y mucho, pero ciertamente no es lo único importante para la satisfacción profesional o laboral. Ambos lo son y son complementarios.

Desde otra perspectiva, creo que es vital que cada uno de nosotros, como los proveedores de servicios profesionales que somos, mantengamos claro que aun si nuestro nivel de compromiso o de satisfacción es bajo o incluso muy bajo, como el del 21% de la muestra -y que a todos nos pasa de tanto en tanto-, los resultados de nuestro trabajo no deben verse afectados. Eso puede dañar irremediablemente nuestra reputación como proveedores de servicios de calidad.

Dicho de otro modo, nuestra insatisfacción profesional, de haberla, no es excusa ni justificación para dar una pobre performance laboral, ya que eso termina impactando negativamente de manera directa y contundente en el valor de nuestra marca.

Ciertamente esto es un reto muy grande de disciplina personal, pero nos toca apelar a la madurez profesional y al valor de nuestra marca personal para contribuir positivamente en cualquier circunstancia, incluso estando descontentos. Y aquí, quizá, nos viene bien recordar que todos los trabajos son temporales y que solo duran hasta que nos convengan a ambos.

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