¿Invitarías a tu jefe a comer a tu casa?

La relación con el jefe no es solo jerárquica: es un activo estratégico que impacta desempeño, reputación y empleabilidad en el largo plazo. Gestionarla con inteligencia emocional y visión de carrera es una competencia clave del talento ejecutivo.

Artículo por Inés Temple, presidente de LHH DBM Perú y LHH Chile. Gestión. Pág.24.

¿Invitarías a tu jefe a comer a tu casa?

En los conversatorios que hago con ejecutivos en proceso de recolocación, suelo hacer una pregunta que siempre incomoda: ¿invitarías a tu jefe a cenar a tu casa?

La reacción suele ser inmediata: sorpresa, incomodidad o rechazo. Pero esa pregunta, aparentemente simple, es un espejo muy potente. Revela la calidad real de una de las relaciones más importantes de nuestra vida profesional.

Nos guste o no, mientras trabajamos en una organización, nuestro jefe es el principal cliente de nuestros servicios profesionales. Es quien evalúa nuestro desempeño, decide asignaciones, abre o cierra oportunidades y, en gran medida, influye en nuestra empleabilidad futura. Es quien dentro de 15 años todavía puede tener el poder de referirnos positiva o negativamente, con el consiguiente impacto en nuestra carrera y reputación. Por eso, gestionar bien esa relación no es opcional: es parte esencial de liderar nuestra propia carrera.

Desde la lógica de Usted S.A., cada uno de nosotros es responsable de su reputación, de su valor en el mercado y de las relaciones que construye. Y ninguna relación es más estratégica que la que tenemos con quien recibe los resultados de nuestro trabajo y la actitud con la que lo hacemos.

Sin embargo, observo con frecuencia un error silencioso: muchas personas no se vinculan con sus jefes desde una relación “adulta”, sino desde una lógica casi adolescente, donde el jefe representa la autoridad, el límite o la norma, y el colaborador responde desde la resistencia, la confrontación, la rebeldía o la necesidad de “ganar”.  Cuando esto ocurre, el foco deja de estar en el trabajo y se traslada al conflicto. La energía se desperdicia, la colaboración se deteriora y el valor que aportamos se diluye.

La empleabilidad no solo se construye con competencias técnicas. Se construye también con relaciones de confianza, con buena química – ojalá, calidez – y con la capacidad de trabajar bien con otros, especialmente con quien lidera nuestro trabajo. Porque seamos claros: nadie promueve, recomienda ni confía en alguien con quien preferiría no tener que trabajar.

Esto no significa, en absoluto, ser complaciente ni mucho menos adoptar una actitud servil. Significa entender, con inteligencia emocional y sentido estratégico, que es de nuestro interés profesional – y personal – que la relación con nuestro jefe funcione bien; que ojalá exista respeto, confianza y una comunicación fluida.

Jack Welch lo decía sin rodeos: “la tarea del subordinado es hacer brillar a su jefe”. No se trata de ego, sino de impacto. Si nuestro jefe nos percibe como parte clave de su éxito, nuestra carrera avanzará con él. A veces, además, nos toca a nosotros ayudar a nuestros jefes a ser mejores jefes.

Trabajamos con personas, a través de personas y gracias a personas. Entender cómo funcionan las relaciones, las redes de influencia y la dinámica del poder dentro de una organización es tan importante como cualquier habilidad técnica en la que uno sobresale. Y, cuanto más alto el nivel jerárquico que uno ocupa, mas necesaria será esa habilidad política que favorece el éxito de las relaciones de trabajo.

Por supuesto, hay límites. Si estamos frente a un jefe sin ética, sin valores o que vulnera nuestra integridad, también debemos tomar decisiones. Cambiar de área o incluso de organización puede ser necesario. Porque sostener una mala relación de manera permanente tiene un costo alto: erosiona nuestra motivación, afecta nuestro desempeño, limita nuestro crecimiento e impacta negativamente nuestro nivel de empleabilidad.

Volvamos entonces a la pregunta inicial.

No se trata realmente de invitar o no a tu jefe a comer a tu casa. Se trata de preguntarnos qué tipo de relación hemos construido con nuestro principal cliente. ¿Hay confianza, respeto y cercanía suficiente como para que ese gesto de invitarlo sea natural?… ¿o quizá eso sea impensable?

Porque, al final, nuestra carrera no la define solo lo que sabemos hacer, o los resultados que generamos, sino cómo nos relacionamos, cómo generamos confianza y cómo elegimos gestionar las relaciones con quienes más impactan nuestro desarrollo profesional presente y futuro.

Y en eso, nos guste o no, el jefe sigue siendo clave…

Ines Temple

Presidente LHH DBM Perú y LHH Chile

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